Juan Romero en una imagen reciente/ Carlos Hernández
Fuente: elDiario.esEspaña pierde un trozo
irremplazable de su historia. Ya no queda ninguno. 75 años y cinco meses
después de la liberación de los campos de concentración nazis, ha fallecido el
último español que vivió aquel infierno y que pudo contarlo. El cordobés de
Torrecampo Juan Romero Romero emprendió anoche su último viaje desde la
localidad francesa de Ay, en la que residía desde hace siete décadas. Tenía 101
años y dejaba atrás una vida repleta de sufrimiento, de compromiso y de lucha
por la libertad. Una vida en la que obtuvo el reconocimiento de Francia. Una
vida en la que tuvo que esperar 101 años para que su patria le homenajeara y le
tratara como lo que fue: un héroe.
Una vida de lucha
Nacido en abril de 1919 en
Torrecampo (Córdoba), Juan Romero creció en el seno de una humilde familia de
labradores. El deseo de acabar con las enormes desigualdades económicas y
sociales que imperaban en aquella España le llevó a afiliarse a la Unión
General de Trabajadores. A pesar de que solo tenía 17 años cuando se produjo la
sublevación militar contra la democracia republicana, Juan se alistó voluntario
para combatir a las tropas fascistas. Formando parte de la 33ª Brigada Mixta,
luchó en la sierra de Guadarrama, Brunete, Guadalajara y Teruel. Especialmente
dura para Juan fue la batalla de El Ebro, en la que tuvo que cruzar el río en
una pequeña barca mientras los soldados franquistas le disparaban desde la
orilla. Muchos compañeros murieron. Juan resultó herido, pero, después de
recuperarse en un hospital de campaña, regresó con su brigada. Ante el ya
imparable avance de los soldados franquistas, Juan cruzó la frontera hacia
Francia en febrero de 1939.
Las autoridades francesas le
internaron, junto a miles de compatriotas, en el campo de concentración de
Vernet d' Ariège. A pesar del mal trato recibido por parte de las autoridades
galas, Juan decidió alistarse en la Legión Extranjera para volver a combatir al
fascismo en la guerra que se avecinaba contra Hitler. Esta segunda contienda
tampoco acabó bien para el luchador cordobés. En el verano de 1940 las tropas
nazis le capturaron y le enviaron al campo de prisioneros de guerra habilitado
en la localidad alemana de Luckenwalde. En ese recinto, en el que más o menos
se respetaban los derechos humanos y las convenciones internacionales, tendría
que haber pasado el resto de la contienda. Sin embargo, las conversaciones
entre el régimen franquista y sus aliados nazis provocaron un dramático cambio
en el destino de todos los españoles que, como Juan, se encontraban en esos
campos para prisioneros de guerra. La Gestapo se dedicó a identificarlos, uno a
uno, y los envió a los campos de concentración para ser explotados laboralmente
y exterminados.
En la antesala de la cámara de
gas de Mauthausen
Juan Romero fue uno de los más de
7.500 españoles que, tras haber formado parte del Ejército francés, ingresaron
en Mauthausen-Gusen entre 1940 y 1942. Otros 1.800 compatriotas más, hombres y
mujeres, serían deportados a otros campos de concentración nazis por pertenecer
a la Resistencia. De los 7.500 de Mauthausen, unos 5.200 solo pudieron salir de
allí a través de la chimenea del crematorio, convertidos en humo y cenizas.
Juan tuvo fortaleza, inteligencia y, sobre todo, una buena dosis de suerte que
le permitió sobrevivir.
El primer trabajo esclavo que le
asignaron los SS fue en la temible cantera de granito donde los españoles
pasaban cerca de doce horas picando y trasladando piedras. Cada minuto era
horrible, pero Juan recordaba cuál era el peor momento de la jornada:
"Cuando terminaba el día subíamos una piedra por la escalera, y que no
fuera pequeña… Los SS eran unos criminales. Todos los días llegaban los carros
de la cantera llenos de muertos". Él no terminó en uno de esos carros
porque, tras varios meses de durísimo trabajo, le trasladaron a un grupo que
trabajaba en el exterior del campo y que estaba dirigido por el kapo español César Orquín. Mejor tratado y con algo
más de comida, Juan recuperó fuerzas hasta que, un día, resultó seriamente
herido tras sufrir un accidente en el trabajo. Los prisioneros sabían que la
enfermería de Mauthausen era un verdadero matadero. Los doctores SS se apresuraban
a aplicar inyecciones de gasolina en el corazón a los deportados que ya no les
iban a resultar útiles para el trabajo. Juan volvió a tener suerte y, con la
ayuda de algunos enfermeros-prisioneros españoles, se reestableció.
Su siguiente y último destino en
Mauthausen fue en el llamado "comando de la desinfección". Su misión
consistía en recoger las ropas de las expediciones de prisioneros que llegaban
al campo y, en unas grandes parihuelas, llevarlas al edificio donde las lavaban
y desinfectaban. Juan no murió de hambre porque él y sus compañeros del comando
siempre encontraban algo de comida en los bolsillos de esas ropas. Físicamente
no era un trabajo especialmente duro, pero sí lo era a nivel psicológico. Juan
tenía que contemplar, especialmente en los últimos meses de la guerra, los
grupos de prisioneros que eran enviados a la cámara de gas: "Si había
grupos que llegaban y en vez de ir a la ducha se quedaban fuera, eso era muy
malo… Esos iban directamente a la cámara de gas".
Pesadillas hasta el día de su
muerte
El luchador cordobés nunca pudo
olvidar a aquellos grupos que se dirigían, sin saberlo, hacia el matadero. De
todos ellos, cada vez que recordaba aquellos años, le marcó especialmente uno:
"Llegó al campo un grupo, había hombres, mujeres, niños muy chicos. Eran
30 o 40. Nosotros estábamos para salir; esperamos a que entraran, pasaron
delante de nosotros y una niña pequeña me sonrió… la pequeñita, la pobre,
ignorante no sabía que iba directa a la cámara de gas. Y eso me hizo mucho
daño. Yo he visto muchos grupos, pero aquella pequeñita, la niña que me echó
una sonrisa… Aún ahora, por las noches, me acuerdo mucho de ella".
Cuando el 5 de mayo de 1945 los
soldados estadounidenses llegaron a Mauthausen, liberaron físicamente a los
prisioneros, pero nadie jamás pudo liberar sus mentes. Los recuerdos de lo
sufrido en el campo, de los compañeros asesinados, de las atrocidades de que
fueron testigos les persiguieron durante el resto de sus vidas. A ese trauma,
en el caso de los españoles se sumó un drama añadido: no podían regresar a sus
hogares porque España seguía en manos de Franco. Juan rehízo su vida en
Francia. Se instaló en la localidad de Ay, se casó, formó una familia y
desarrolló su carrera profesional en una bodega de Champagne.
Al igual que el resto de
supervivientes españoles, Juan tardó años hasta que el Estado francés le
reconoció un estatus parecido al de los deportados galos. A partir de los años
ochenta, especialmente, ya era considerado un héroe y tratado como tal. Recibió
todo tipo de homenajes y condecoraciones como la prestigiosa Legión de Honor.
Muy diferente fue la actitud de España. Durante la dictadura se trató de borrar
y tergiversar la historia de los deportados y deportadas españolas. Olvido y
falsedades que se mantuvieron durante la Transición y que han perdurado hasta
hace muy poco tiempo.
A Juan los homenajes de su patria
le han llegado en el último momento. Fue el pasado 5 de mayo, unos días después
de que cumpliera los 101 años, cuando el Consejo de Ministros aprobó un texto
en el que reconocía su figura. Un reconocimiento que le trasladó personalmente
la vicepresidenta primera, el pasado mes de agosto. Carmen Calvo se trasladó
hasta la localidad de Ay para decirle a la cara lo que Juan había esperado
durante años y años: "Gracias por tu vida". Calvo le agradeció
haber luchado contra el franquismo y haber defendido la democracia en España y
en toda Europa: "Nunca haremos lo suficiente, siempre
estaremos en deuda con los antifascistas españoles que pagaron con su vida.
Gratitud eterna desde la democracia española". Juan se mostró muy contento
ese día y quienes le querían afirman que ese reconocimiento final le ha
permitido irse en paz.
Con la muerte de Juan Romero
desaparece el último español deportado a los campos de concentración nazis. Los
cerca de 4.000, entre ellos un mínimo de 300 mujeres, que lograron sobrevivir a
las alambradas de Mauthausen, Buchenwald, Ravesnbrück, Sachsenhausen, Dachau o
Auschwitz han ido marchándose durante los últimos 75 años. Casi todos ellos
murieron olvidados, ignorados, sin haber sido reconocidos por el Estado
español. Ahora ya son Historia.
Vicente García Riestra,
superviviente asturiano del campo de concentración de Buchenwald puso voz en
2017 a lo que sentía entonces Juan Romero y el último puñado de deportados
españoles que todavía seguían con vida: "Somos una especie en peligro de
extinción. Estamos llamados a desaparecer. Y qué vamos a hacer. La vida es
así". La vida es así.